Justicia callejera

Ayer por la tarde una persona en bicicleta golpeó una puerta de una de las camionetas que tenemos. Según me relata Miriam, ella buscaba estacionarse cuando el sujeto se impactó con la puerta derecha. Física o legalmente nada de cuidado pero el desarrollo de los eventos refleja ciertos problemas que personalmente creo son el origen de otros más.

El accidente no fue de importancia. Por alguna causa la persona en bicicleta raspa la puerta, viene la reclamación, una patrulla hace su aparición y se llama al seguro. Estaría tentado a escribir que aquí comienza lo bizarro del asunto pero en su lugar mejor diré que es donde viene “lo práctico” y triste de nuestra idiosincrasia; ambas una respuesta y adaptación al estado actual de nuestra sociedad.

El ajustador, después de recabar datos y estudiar el desarrollo del evento dictamina que por parte de la empresa a la que representa sólo puede ayudar a lograr un acuerdo entre los afectados, con lo que implícitamente se da el veredicto de culpabilidad al conductor. Como ocurriría con cualquiera de nosotros, esto produce enojo e indignación. Ser declarado culpable de algo que uno no provocó no sólo es injusto sino ilógico también. Pero, es la forma práctica y rápida en que el ajustador ve como salida a lo ocurrido, dándole el beneficio de la duda que actua para el bien de su cliente y la experiencia que ya a de tener al respecto.

El ajustador parte de dos hechos. El primero, hay un peatón y un automotor involucrados. La ley señala que los peatones (y eso incluye a los ciclistas) tienen derecho de paso (y como el vehículo no estaba apagado, tal vez estaba detenido pero estaba en funcionamiento) seguramente la ley (léase sus representantes en su aplicación) se inclinará a favor del ciclista. El segundo, involucrar a la ley hará que el proceso sea tardado, quizás con el resultado que ya anticipamos en el primer hecho, y más caro (y no por las horas que él deba invirtir en su seguimiento, sino en los costos o arreglos que este proceder pudiera generar). Para estos momentos el ciclista ya comenzaba a pensar en como poner el lado de la balanza a su favor y declaraba estar lastimado como resultado del “accidente”. Así que, tratando de lograr el menor daño/costo con su cliente, el ajustador determina que declararse culpable es la mejor alternativa. Con $400.00 y el ofrecimiento de un pase médico para la revisión de sus “dolencias” consigue otorgue la absolución del evento y cualquier consecuencia a su cliente y caso cerrado.

El veredicto deja a la aseguradora con el beneficio de no verse obligada a cubrir los daños del asegurado, ya que asumiendo la culpa él deberá costear las reparaciones que se requieran. El ajustador ofrece un pase a los talleres de la aseguradora con un costo de $3,000.00, que corresponde al deducible. El daño a la camioneta no es mas que un raspón, unos rayones visibles pero que no justifican $3,000.00 de reparación y aconseja a Miriam que mejor ella busque por su cuenta a otro taller o persona que repare el daño a un costo seguramente menor (no sale con polish pero con unas talladas, algo de pintura y cuidado puede desvanecerse bastante).

Claro que ahí hubiera terminado el asunto (lo práctico) pero los policías que aparecieron no querían quedarse con las manos vacías, que es donde comienza lo triste. Aunque en un inicio pudieron haber sido una ayuda, desde antes de que el ajustador apareciera, me comenta Miriam, ya estaban haciendo presión psicológica para remitir a los quejosos al Ministerio Público. Tras su llegada y el estudio del caso el ajustador le indicó a Miriam que el se encargaría del evento, indicándole que quejoso y policías harían presión para cada uno sacar su parte, por lo que le indicó que estuviera tranquila, se abstuviera de participar y que el arreglaba las cosas. Lo que como mencioné así fue, aunque Miriam tuvo que pedirle ayuda al final porque los policías parecían no permitirle irse “así nomás”, pero al final así fue para su disgusto.

Nuestro país tiene muchos problemas. Eso ya todos lo sabemos, y todos señalan en muchas direcciones donde están. Algunos más dan ideas o sugerencias de solución pero pocas o ninguna llega a concretarse y quedan solo en señalamientos y buenas intenciones. Yo, en lo personal, creo que hay dos causas a atacar: nuestro sistema jurídico y la gente.

El Palacio de Bellas ArtesAl menos en lo que respecta a la Ciudad de México, estoy convencido que nuestro grado de civilidad está muy deteriorado, y nuestra cultura es muy laxa en lo que a responsabilidades y honor se refiere. Todos hemos leídos de otras culturas en las que el sentido del honor y hacer lo correcto está muy enraizado entre sus individuos. ¿Qué habría pasado de ocurrir un incidente de esta naturaleza en un pueblo con esta cultura? Yo creo que el causante del daño, antes que el afectado se lo hiciera notar, asumiría su responsabilidad, pediría perdón por el accidente y ofrecería sin recato, en la medida de sus posibilidades, resarcir el daño. Ante estas actitudes, creo yo, el afectado ve desde una perspectiva menos severa los daños recibidos y llega en muchos casos a dar el perdón y despreocuparse por la reparación del daño. “Sí, hombre.. no tengas cuidado… fue un accidente. Sólo se cuidadoso y que no pase de nuevo”. Algo así me lo imagino. Quizás, si el honor es tan preciado como nos lo platican para estas culturas, un perdón es inadmisible y el causante del daño se ve moralmente obligado para repararlo hasta donde le sea posible. Nuestra cultura no es así. Aquí nosotros, aún sabiendo nuestra culpabilidad, buscamos como librarnos de responsabilidades, castigo y si podemos voltear la querella contra el afectado, mejor.

En lo que respecta a nuestro sistema legal ni hablar. La impartición de justicia en nuestro país es uno de nuestros principales problemas. No es nada nuevo, ya lo se. Es una declaración, reclamo y diagnóstico constante desde hace ya varias décadas que se ha agudizado en los últimos años. Una búsqueda en Google dará cuenta de ello fácilmente. Coincidentemente, las dos últimas semanas han habido comentarios al respecto del tema en múltiples medios. Uno de ellos es la publicación del libro “Justicia Inútil”, de los periodistas Jorge Fernández Menéndez y Bibiana Belsasso[1]. Libro en el que se documentan importantes casos de alto nivel legal que quedan abandonados o en la impunidad, con un veredicto en contra de las víctimas o sin resarcir en lo más mínimo el daño provocado. Uno de los comentarios que se desprenden del libro es que si esto le pasa a gente de clase económica acomodada, con poder y en casos de alta visibilidad pública, ¿qué puede esperar el ciudadano promedio?”. Otro diagnóstico reciente señala que el sistema legal mexicanos está diseñado para la impunidad[2].

Para el ciudadano común, enfrentar o iniciar un proceso legal, así como el tener que recurrir a instancia jurídica en busca de ayuda es un viacrucis que vedaderamente uno se resigna a padecer cuando no hay otra opción. De ninguna manera es el alivio y protección que cualquiera esperaría. No sólo hay que lidiar con los engorrosos trámites con los que se debe demostrar que uno verdaderamente es el afectado, que hubo un daño y que es la persona a quien debe resarcírsele por lo afectado o hacérsele justicia. Además, uno debe ser paciente para lograr la atención necesaria, soportar el trato rudo o desinteresado de los impartidores de justicia y todo el aparato burocrático que los mantiene, rezar por que todo llegue a buen término y que no se vea nuo en la necesidad de dar dinero para acelerar o lograr resultados.

Claro que esto no es lo que se los enseña en la escuela, donde nos hablan de las leyes y nuestra constitución, de nuestros derechos, el bienestar de la comunidad y todo lo bueno de una sociedad civilizada. Adicionalmente, por influencia de la televisión, conocemos mejor el funcionamiento y leyes americanas que las nuestras, por lo que nos quedamos con la idea de que la justicias es expedita, segura y confiable. Pero, aquí no hay jurados, no hay un sistema legal expedito, los veredictos quedan en manos de jueces, nuestra policía no es tan eficiente en resolver un caso en cuestión de días, y raramente el culpable es descubierto, menos detenido y casi impensable que pueda ser encarcelado

No es sino hasta que uno se mete en problemas o que uno debe recurrir a una instancia legal que los se nos abren y aprendemos, por las malas, lo que es nuestro verdadero sistema legal, experimentando una sensación de retroceso al medioevo. Al ciudadano común le resta y conviene mejor aplicar cierta justicia callejera. No necesariamente una en la que se hace justicia por mano propia pero si una en la que, como el caso del ajustador de seguros, se opta por el camino que resulte por el mayor beneficio para obtener una retribución por el daño recibido o minimizar el costo de la responsabilidad, aun cuando esto implique tener que apechugar con la culpa.

Al final del día los ajustadores de seguros actúan como pequeños jueces, que rápida y expeditamente estudian el caso, evalúan daños y reparaciones, y apoyándose en un marco legal, de manera general y sin entrar en detalles y mayores consideraciones, emiten un fallo. El veredicto puede ser justo o injusto pero el proceso que con ellos se implementa de facto es lo que nuestro sistema legal debería ser.

 

Referencias.

1. “Siete historias de impunidad en ‘Justicia Inútil’“, Claudia Solera. Excelsior, Portada, 23 de Enero de 2011, México, D.F., México. URL: http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&id_nota=679491

2. “Leyes cobijan a la impunidad, dice experto en seguridad“, Ana Langner. El Economista, 23 de Enero 2011, México, D.F., México. URL: http://m.eleconomista.mx/sociedad/2011/01/23/leyes-cobijan-impunidad-dice-experto-seguridad

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