9-11

Hoy se recuerda el ataque terrorista a las Torres Gemelas del WTC en NY. Toda la semana prensa, radio y TV se ha enfocado en la remembranza de lo que ocurrió hace diez años, en las teorías de conspiración que se dieron posteriormente y en las posibilidades de que ocurran actos de terrorismo en este día.

A mí me tocó pasar esta fecha en Miami, Florida. Yo había llegado el domingo anterior, el día 9 de septiembre por la noche y el lunes lo pasé normal. El martes 11, me costó trabajo despertarme y para evitar llegar más tarde a la oficina que teníamos en ese entonces en Blue Lagoon, decidí no encender la TV y apurarme en vestirme y arreglarme para salir. El trayecto al trabajo era un viaje de menos de 5 minutos en auto desde el Hilton. Enel trayecto encendí el radio del auto y la mayoría de las estaciones de radio tenían interrumpidas sus transmisiones. Sin prestar mucha atención, conducía y buscaba algo de música, poco antes de llegar al complejo Waterford escuche decir al locutor algo sobre el desconocimiento de las razones sobre los ataques al Pentágono y al WTC.

Al llegar a la oficina mis compañeros de trabajo estaban alrededor de una computadora, viendo el streaming de noticias y videos que ya circulaban por la Internet sobre lo que ocurría en NY. El segundo avión ya se había impactado. Alguien se comunicó con un amigo que estaba en uno de los apartamentos que tenían las otras 4 personas que estaban de planta en Miami, a quien dejó viendo la TV y lo puso en el speaker para que nos pusiera al tanto de como se desenvolvían las cosas. Al poco tiempo escuchamos del altavoz del teléfono “¡Ay wey! ¡Se cayó! ¡La torre se cayó!”, y el resto es historia.

Ese día para la tarde ya sabíamos que todo vuelo estaba suspendido en los USA y que el ataque se le atribuía a Al-Qaeda. Yo tenía un boleto de regreso para el viernes y esperaba que para ese entonces las cosas ya se hubieran normalizado. Me comuniqué con mi jefe para saber que podría hacer si mi estancia debía prolongarse más. La tarjeta de crédito corporativa que Banamex nos daba tenía un límite tan bajo que con el cargo del hotel, no me daba para dos o tres días más de comidas antes de que comenzara a rebotar. Mi jefe sin embrago estaba más preocupado por un argentino que les había caído de sorpresa y estaba revisando cosas que no entendían.

La situación de la oficina de Artikos en los USA no era precisamente regular. Había sido abierta con ayuda de Commerce One pero para cualquier efecto legal no éramos más que un grupo de “5 mojados” llevando una oficina ilegalmente establecida. Yo había ingresado a los USA argumentando un viaje de negocios pero mis compañeros de trabajo, que ya permanecían en Miami estaban preocupados por la posible cacería de extranjeros que podría desatarse. Algunos se recriminaban el tener copias ilegales del MS Flight Simulator en algunos equipos. La paranoia hacía su aparición.

El miércoles mi jefe me contactó. Me dijo que las cosas con el argentino no iban bien y quería que me regresara. Eso es algo que siempre me disgustó del improvisado y caótico estilo de administración y dirección de Banamex, la forma en que disponen de la gente, sus horarios, planes y compromisos. Como si uno estuviera a la disposición de hacer a cualquier hora y en cualquier momento lo que se le antoje al jefe o a la dirección del banco sin importar si uno se encuentra en un curso, en un viaje o atendiendo cualquier otro asunto.  “Arturo,”— le dije —”¿no te enteraste del ataque a las torres y lo que pasó después? No hay vuelos en toda la unión americana.” Y el me respondió: “Sí, pero tu ve como le haces, igual y en otra aerolínea hay lugar.“— incrédulo, pensé ¿Qué es lo que no entiende este sujeto?  y muy sarcásticamente dije —”Bueno, igual y puedo hablar con la FAA para ver que pueden hacer.” — pensando que el entendería lo ridículo que sonaría l que sólo para mi y por ser mexicano (no teniendo que ver con el asunto del terrorismo de Al-Qaeda) deberían abrir un vuelo para mi. “¡Anda! Haz eso y me dices.“— y esa fue la última comunicación que tuve con él, mejor no hacer corajes.

El miércoles por la tarde revisé con el hotel lo que podría hacer de verme forzado a extender mi estancia pero me indicaron que no me preocupara, no esperaban cambios (salidas ni llegadas) considerable en los huéspedes que tenían en ese momento por lo que restaba de la semana y quizás la siguiente también. Durante esa semana observé por las noches y las mañanas el aspecto fantasmagórico de las antes bulliciosas pistas del Aeropuerto Internacional de Miami desde la ventana de mi habitación en el hotel. Creo que esperaba ver de nueve ver fluir los aviones y ver que todo ya se había restablecido. American Airlines no contestaba en el número que había habilitado para informar a los pasajeros que contaban con boletos sobre el estado de sus vuelos.

El jueves por la tarde, después de comer, vimos un avioncito de American Eagle. Supimos entonces que ya los vuelos estaban restableciéndose. Porla noche AA me confirmo que mi vuelo se había cancelado y había sido reasignado a uno el sábado por la mañana.

El sábado salí del hotel a las 7 de mañana. Dejé el auto en el renta-a-car a las 7:30 horas y estaba ya en el aeropuerto alrededor de las 8:00, pensando que 3 horas de anticipación serían suficientes para pasar cómodamente el proceso de check-in y boarding. Todo era un caos. Filas enormes ya estaban por todo el aeropuerto y estuve formado en una de ellas hasta las 13:00 hrs. y esperando en la sala asignada hasta las 15:00 hrs que fue más o menos cuando abordamos el avión. Media hora después nos informaron que el despegue se retrasaría porque esperaban pasajeros de otro vuelo. Fue hasta después de las 17:30 que el avión despegó rumbo a México.

Al rededor de las 21 horas el avión llegó al AICM, en medio de una tormenta. La nave se movía más que cualquier pesero o microbús en una calle llena de baches. A pesar de todo no estaba preocupado, después de toda la odisea pasada, creí que estrellarnos al llegar a nuestro destino sería verdaderamente mala suerte y consideraba que yo ya había agotado toda la mala suerte que podía tener en un día. A pesar del viento y la lluvia, el piloto depositó el avión tan suavemente como no había yo experimentado en otra ocasión, inclusive con buen tiempo.

Esa fue mi odisea del 9-11.

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