Colas (2)

Recientemente escribía que mientras hacía fila para un ATM apareció la “típica señora copetona y de lentes obscuros” que buscaba meterse en la fila (de hecho más que “meterse”, quería colocarse al inicio de la fila, como si no se diera cuenta que había 4 ó 5 personas ya haciendo fila). Ya en el pasado he escrito sobre estos vivales, que buscan la forma de ahorrarse el tiempo que deberían pasar al esperar turno.  Me parece un mal crónico de nuestra civilidad y buenas costumbres. Creo que en México estamos tan acostumbrados a ello, que ya lo vemos como parte de nuestra cotidianidad, tal vez como ya parte de nuestro folklore. Sabemos que si uno se deja se le meten, sin mayor recato y sin aparente culpa por parte del ofensor, y ya no es tanto culpa de ellos sino que es también de nosotros por permitirlo.

Algunos tal vez dirán que no puedo decir que se trata de un problema de nuestra cultura que porque es algo que sólo algunos individuos practican, que porque no es algo aceptado por nuestra sociedad, que porque no es algo que lo tengamos registrado como parte de nuestras buenas costumbres, etcétera. Mas yo creo que la cultura de un pueblo no es sólo su acervo de conocimientos sino también las acciones de sus integrantes, que ponen en ejecución toda esa herencia de costumbres, ritos, tradiciones y todo aquello que les permite distinguirse de otros pueblos. Cuando se ignoran las reglas de convivencia y equidad establecidas, es responsabilidad de la comunidad sancionar tal comportamiento. Si la sanción no se aplica pueden ocurrir dos cosas: a) la comunidad está (consciente o inconscientemente) dirigiéndose a un cambio en su cultura y así (de alguna manera) es algo buscado; b) ya sea por el peso cultural o resistencia al cambio, estaremos hablando de un comportamiento tolerado que nunca será aceptado como parte de la cultura del pueblo que, inicialmente lo rechaza pero que no es lo suficientemente capaz para erradicarlo. El mal comportamiento, como una enfermedad, queda arraigado en los usos y costumbres del comportamiento de los individuos y así, de boca en boca, por ejemplo de los mayores con los menores, por réplica, se transmite de generación en generación siendo al final parte de nuestra cultura.

Más de una vez me pasó en el metro de la Ciudad de México. Filas enormes para tratar de entrar en la hora pico mañanera y torniquetes descompuestos. No faltaban los que pidiendo permiso o no se metían cortés o descaradamente. Tanto ellos como la gente que lo permitía son los culpables. Realmente son pocos los que increpan a los vivales oportunistas que tratan de evitar estar formados. Yo recuerdo que fue precisamente en esas interminables filas del metro que me harté y aprovechando que uno de los policías del metro se dignó acercarse para tratar de poner orden, le indiqué que los que estaban a mi lado estaban metiéndose. El policía gustoso los mandó al final de la línea, ante el disgusto de los abusivos y mi beneplácito por ello. Desde entonces, veo que se me respete en una fila o que se me respete mi turno en el sistema que fuere.

También, muchas veces uno es víctima de estas mala costumbre y hay casos en los que no se puede hacer mucho. Por ejemplo, hay muchos viejitos, que mañosa o justificadamente, se meten o piden se les conceda adelantarse en la fila, hay mujeres que coquetamente (que sería lo más deseable) o que convenientemente echan mano de un “condición de sexo débil” hacen lo mismo y, finalmente, están los o incapacitados o gente que merece alguna consideración especial (mujeres embarazadas o con bebés) que aprovechando se cuelan pidiendo permiso o aprovechando la cortesía de alguien en la fila. Casos en los que sólo queda apechugar. Es cierto que es molesto que mientras uno espera en una fila no falte aquél que comienza a meter a sus amimgos pero, aunque uno pueda decir que no es como los demás y busca respetar cualquier formación, nunca falta el amigo que te ve y te llama para que te meta en una fila, ante la mirada de los que están detrás de él. Puede ser que lo haga porque no quiere verse como un mal amigo (presionado por las implicaciones de nuestra cultura) o porque quiere algo de compañía para platicar, o porque quiere realmente ayudarte. Como fuere, si a uno le molesta este tipo de situaciones se encuentra ante la disyuntiva de aprovechar la oportunidad (a costa de sus propios principios)  o  molestar a un amigo por evitar que algunos desconocidos se molesten y repetar sus lugares.

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