De canes y dueños (1)

No hace mucho escribía sobre la presencia de heces caninas en la aceras de la colonia Roma (una muy elegante manera de decir que las banquetas estaban llenas de caca de perro). Hoy me tocó observar parte de la dinámica del problema.

Temprano por la mañana, mientras caminaba con mis niños por la calle de Tonalá, hacía nosotros se acercaba un perro de raza mestiza con algo de apariencia de un pastor alemán. El perro traía un paliacate al cuello, muestra de que no era un perro callejero. El perro se detuvo al pie de un árbol e hizo su gracia. Un poco adelante del perro un hombre joven caminaba despacio, y se detuvo operando su smartphone. El perro terminó y continuó su camino, cruzando a un lado de nosotros en el momento en que también pasábamos al lado del individuo mencionado, quien cruzó una mirada conmigo, con lo que sospeché éste era el dueño del animal. Algunos pasos más adelante, voltee. El perro se había detenido, avanzó cuando el mencionado sujeto empezó a caminar, muy despreocupadamente, como si el y el perro no tuvieran relación alguna. Y como éste hay muchos otros dueños que dejan despreocupadamente a sus mascotas defecar y orinarse donde sea.

Ciertamente tenemos la Ley de Cultura Cívica que impone sanciones a los dueños de perros si no recogen los desechos sólidos de sus mascotas pero, como ocurre con muchas leyes, sólo son efectivas si una autoridad descubre al infractor. De ciudadano a ciudadano la cosa es diferente, muchos de los infractores se envalentonen y pueden tornarse violentos al llamárseles la atención. Yendo con dos niños pequeños, en este caso, opté por no decir nada.

Cuando  a un gato pequeño se le quiere enseñar o reforzar que debe hacer sus necesidades en su caja de arena, sobre todo cuando después de indicarle  o tratar de enseñarle dónde está su caja de arena y lo que debe hacer en ella éste insiste en desahogarse en donde le plazca no hay mejor castigo que “untarle el chipo en su caca” (como dirían mis abuelos o padres). Créanme, con hacerlo una vez basta. El gato aprende. Otro castigo físico (nalgadas, por ejemplo) o gritos no sirven. Tras la crianza de una veintena de gatos puedo constatarlo.

La Ley de Cultura Cívica debería permitir que a cualquier dueño de un perro que no levante o limpie las gracias de su mascota se le unte la cara en éstas. Seguro que el dueño aprendería la lección.

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