De cultura e infraestructura vial (14)

Bueno, ya quedó expuesto el aspecto del rol policiaco. Ahora veamos lo que debería ser la herramienta y resultado de las acciones que justifican la razón de su existencia. Me refiero a que, para poner orden, es necesario aplicar castigos a quienes, por ignorancia o deliberadamente, infringen las buenas conductas y el sentido común (donde, por cierto, debería haber una sanción mayor por la estupidez que por la malicia deliberada).

Reglamentos

Es importante señalar que se sanciona la acción, no por el hecho de violar un reglamento sino por las consecuencias que la acción traerá. Y es importante señalarlo porque, me parece, desde pequeños se nos imponen reglas. Por alguna razón las adoptamos (bueno, por decir “alguna razón”, ya que se nos castiga y aprendemos a acatar órdenes sin preguntar el porqué de su existencia). En un principio llegamos a preguntarlo pero con el tiempo dejamos de hacerlo. Ya sea porque aprendemos (y luego entendemos) que hay reglas y que si queremos convivir con los demás debemos seguirlas o porque nos damos cuenta que pocas veces recibimos las respuestas que buscamos. Aunque están presentes estas dos causas, yo me inclino a pensar que la segunda es más frecuente o de mayor peso.

Seguramente conocen ese chiste de los monos de una prueba sicológica a los que mojaban cuando trataban de agarrar un plátano (y si no lo conocen, búsquenlo en la red, hay muchísimas referencias a éste por doquier) y que ha servido por mucho tiempo para ilustrar el concepto de cómo tendemos a adoptar reglas y costumbres sin cuestionar su existencia.

El chiste de los monos

Las reglas no son mas que una convención del comportamiento a adoptar por una comunidad con el propósito de garantizar la seguridad de sus individuos, brindar un trato justo a todos ellos (iguales oportunidades) y establecer responsabilidades. Un reglamento de tránsito busca establecer un orden en el uso (y para todo aquel que las use) de las vialidades públicas, junto con el establecimiento de un protocolo de actuación de sus usuarios para cuidar la integridad de ellos y sus pertenencias. No se trata de privilegiar a un actor, si bien se puede señalar el otorgar una preferencia sobre uno de ellos, ante los ojos de la ley todos los actores (de acuerdos a su naturaleza y  circunstancia) son iguales y gozan de los mismos derecho y obligaciones. El otorgar preferencias y hacerlas entender debe estar sustentado en el sentido común. Es decir, si bien se puede señalar que en una esquina un peatón tiene derecho de paso, esta preferencia no puede ser seguida en una vía rápida; señalarlo así es una invitación a que los peatones se maten tratando de demostrar que la ley de tránsito tiene mayor peso a la segunda ley del movimiento de Newton.

En lo que se falla al establecer estos reglamentos es explicar y hacer entender que se trata de reglas que, además de lo anterior, buscan proteger a los individuos y sus pertenencias de acciones inconscientes y deliberadas. “Proteger” al hacerle saber a cada individuo cómo es que las cosas funcionan y así que éste se adapte para evitar accidentes y establecer responsabilidades. La protección de un reglamento no nos blinda de las leyes físicas, simplemente nos previene de no comportarnos como idiotas para evitar ser víctima de sus inevitables consecuencias.

Por esto, es necesario entender que si no tenemos cuidado al cruzar la calle, el ser atropellados será algo que podría no evitarse. No importa si el conductor se da cuenta a tiempo y aún si éste no excedió el límite de velocidad. La masa del vehículo, su velocidad y el coeficiente de fricción de sus llantas fijarán un tiempo y distancia que tomarán al vehículo detenerse, algo que no podrá ser cambiado para dichas condiciones iniciales. Si dicho tiempo y distancia son, respectivamente, menores y mayores al que tomará y recorrerá el vehículo hasta deternerse y la posición del peatón está dentro de estos intervalos es simplemente imposible poder evitar la consecuenciade resultar atropellado. Así, el conductor del vehículo no puede ser culpado de no poder lograr algo que sencillamente no está al alcance de sus posibilidades físicas (e intelectuales), algo que sencillamente él no buscó y que si fue provocado por el descuido o imprudencia de alguien más.

Por esto es que debe entenderse las implicaciones que un peatón descuidado o imprudente pueden traer a un conductor: privación de su libertad para empezar, daños económicos y morales además. Este tipo de descuidos e imprudencias deben ser sancionadas también, por el riesgo que implica al ser trasladadas a una persona inocente.

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