De cultura e infraestructura vial (93)

Escribía la pasada entrada sobre las perspectivas que se tienen sobre los vehículos autónomos. Creo que algunos toman al vehículo autónomo como sinónimo de la “conducción autónoma”. Bajo ciertas perspectivas es posible que así sea pero cuando uno piensa en ello parece que es posible hacer una distinción entre ambas. El vehículo autónomo simplemente es aquél que puede conducirse por sí mismo en forma independiente bajo condiciones controladas (caminos ex profeso dedicados a vehículos sin conductor, por ejemplo), inclusive condiciones de manejo normales y simples (tránsito fluido, regulado por semáforos con poca o ninguna presencia peatonal; quizás la que uno encuentra en carretera, pueblos y ciudades pequeñas o días festivos en las grandes urbes). Pero, ¿qué hay de aquellas condiciones de manejo que requieren la mayor de nuestras habilidades en reflejos, conocimiento del camino, ciudad y evaluaciones de seguridad a uno mismo y terceros? Yo creo que eso, propiamente terreno de la IA, es lo que es discernible a lo anterior y que propiamente debemos llamar, “conducción autónoma“.

Antes de llegar a eso, hay muchas cosas que deben resolverse de por medio, tan sólo para lograr que un vehículo pudiera ser considerado autónomo. Aquí hay dos perspectivas, dos opciones:

  • Asistir a los vehículos con elementos que les ayuden en su tarea.
  • Que el vehículo simplemente sea capaz de reconocer los mismos elementos de control que el ser humano es capaz de reconocer.

El primero tiene que ver con la habilitación de caminos especiales para que el vehículo pueda efectuar funciones básicas de control de velocidad, evitar colisiones y tomar los caminos correctos hacia su destino. Por supuesto que esto requiere de una considerable inversión de parte de los gobiernos locales para, digamos, tender cables o colocar emisores a lo largo de los caminos para que los vehículos sepan la ruta por la que transitan, límites de velocidad, intersecciones, salidas, accesos, topes, pasos peatonales y todo aquello que los conductores conocemos tras la experiencia acumuladas por conducir más aquella por transitar y conocer un camino o ruta en particular.

Algunos dirán que esto resultaría poco adecuado, quizás injusto, pues se estaría invirtiendo en vehículos que, quizás por mucho tiempo, serán solamente accesibles a unos cuantos (aunque si nos ponemos a pensarlo quizás resulta mucho más barato que las obras de “segundos pisos” que las administraciones PRDistas del GDF han financiado o permitido y que beneficiaron a algunos cuantos, especialmente a las compañías constructoras). Otros lo vemos poco práctico, especialmente si sabemos lo mal administradas que están las dependencias gubernamentales, lo incompetente y desidiosos que son quienes laboran en ellas, y lo propenso que está su operación a cuestiones políticas y sindicalistas de sus trabajadores.

La segunda opción es mucho más complicada y requiere de una entrada aparte en su explicación.

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