Una historia de fantasmas

Como en toda empresa o lugar en el que la Policía Bancaria e Industrial (PBI) esté presente, habrá un vigilante que le dirá a uno que en ese lugar “espantan”. Después de 10 u 11 empleos e incontables “recepciones” y “aduanas” por las que he pasado ya me conozco todos los gestos y “poses” que los vigilantes  asumen, especialmente de la PBI, pero igual la policía o el personal de alguna otra empresa de seguridad. Después de varias veces que me ha tocado trabajar hasta altas horas de la madrugada y en horarios no hábiles, ya tampoco me extrañan ni espantan estas historias.

La última con la que me topé fue de los vigilantes de la PBI en el CIC. Ya un par de ellos, con la confianza que genera la familiaridad de verlo a uno como alguien que arriba temprano, sale tarde y asiste en días u horarios poco comunes, se animan a preguntarle a uno si no hay temor por estar sólo o si a uno “no lo han espantado”.

Cuando uno no tiene experiencia en esto seguramente por curiosidad preguntará el porqué pero, como en mi caso, cuando uno ya ha escuchado las recurrentes y aburridas respuestas de “es que a uno de los compañeros lo espantaron“, “se oyen ruidos en la noche“, “pasan cosas raras“, uno sólo pregunta por cortesía el porqué, esperando no que le metan a uno ideas en la cabeza sino que no le hagan perder mucho tiempo en esto. Mientras que no dudo que haya uno que otro exagerado o mentiroso que ayuda a incrementar el folklore, la mayoría debemos ser de los que respondemos “pues a mi nunca me ha pasado nada“.

En épocas de calor o frío intensos, el edificio del CIC tiende a crujir. Los materiales de construcción prefabricados empleados hoy en día, que seguramente hacen al edificio ligero (y lo han de haber hecho barato en su edificación) se dilatan y encojen con facilidad, amen de que es fácil oír pisadas y golpes fuertes de otros piso como si fueran en el que uno se encuentra. Lo ecos de actividades en sótanos, patios y pasillos, cuando todo está en calma y uno concentrado, sobresaltan. No es de extrañar que cualquier historia de ruidos extraños y “espantos” prolifere. En lo personal estos ruidos no me son extraños y me llegan a poner nervioso, pero por otra razón. Siscado por el historial sísmico de la CDMX, mi oído se a aguzado a estos “crujires” como un aviso de alarma para toda actividad sismológica. Odio que una construcción cruja o llegue a vibrar por el tránsito o alguna actividad humana.

Sin embargo hubo un par de ocasiones en las que fui a trabajar en domingos o días festivos y me quedé hasta tarde en los que sí escuche o noté algo que no pude explicar del todo. Primeramente, la sensación de haber visto de reojo (o percibido de alguna forma) movimiento a lo lejos. A veces tenía la sensación de que algo pasaba o se movía en el laboratorio adyacente en el piso en el que me encontraba. Según yo, era un efecto por la decoración de maderas puestas en paralelo que a la lejanía provocaba algunos efectos visuales  o predispone al ojo a éstos. También, todas  las líneas rectas del contorno de monitores, computadores o escritorios se conjugan en ello. El asunto me molestaba porque me distraían de lo que estaba haciendo.

En el área de mi laboratorio llegué a escuchar uno que otro ruido que atribuía a algunos de los computadores que ahí había. Aunque algunos de estos ruidos llegaban a parecer de cosas que se caían al suelo. Nunca encontré nada tirado y siempre pensé podrían ser ruidos del piso superior. Algunos de estos ruidos llegaban a ser de pisadas que pareciera eran en el piso en el que me encontraba y  se dirigían a mi lugar, por lo que levantaba la vista para saber quién sería y saludar al visitante pero sin nunca ver a alguien (sobre todo extrañado pues no había escuchado la puerta del laboratorio abrirse o cerrarse— y ésta si es ruidosa —como tampoco la cerradura electrónica y su control biométrico que emiten varios “bips” en el proceso). Igual, la distracción me ponía de malas y atribuía el ruido a gente en el piso superior.

A veces llegué a percibir alguna corriente de aire pero imaginé era de alguno de los cubículos que habían dejado una ventana abierta, aunque nunca pude determinar precisamente cual. De cualquier modo, pese a la curiosidad, la distracción era algo irritante.

Finalmente, cuando me retiraba, especialmente ya siendo tarde, alguno de los “polis” me recalcaba que yo era el último en salir o que había sido el único ahí todo el día. A veces, extrañado, les preguntaba “¿en serio? Oí ruidos en el piso superior” y venían las historias de espantos por parte del vigilante en turno. Nada más aclaro que a estos idiotas a veces se les pasaba la gente sin registrarse o ni se daban cuenta de gente que llegaba por el estacionamiento. ¿Fantasmas? ¡Mis polainas!

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