De chanclizas y chingadazos

Miriam y  yo fuimos educados de acuerdo a los estándares de otra época. Una época en la que nuestros padres decían que llevábamos una vida fácil porque a ellos les pegaban. Nuestros padres fueron educados en una época en la que el niño no debía interrumpir a sus mayores (o incluso ni siquiera escuchar las conversaciones de los adultos). Una época en la que responderle (y no necesariamente de mala manera) a un adulto era hacerse acreedor de una bofetada.

En las escuelas las cosas no eran distintas. Los reglazos, recibir “gisazos”, golpes en los nudillos o puntas de los dedos con los borradores, y coscorrones eran obligados. “La letra con sangre entra” era el lema.

Uno debía escribir con la derecha. Aún así, no era lo que fue la escuela de nuestros padres. Además de los anterior, se sumaban cosas como el que fuera uno zurdo para ser calificado de anómalo (supongo que en las escuela de monjas eso era hasta cosa del diablo).

Todo aquello que no estaba conforme a los cánones de las “buenas consciencias sociales” era cosa diabólica o de los socialistas (que para la mayoría de la sociedad podía ser lo mismo, al final).

Tal vez porque nuestros padres resintieron ese “modelo educativo” o  porque empezaron a surgir psicólogos o pedagogos que insistían en relacionar todo desequilibrio social o conducta sociópata con casos de abuso o maltrato infantil fue que cada vez más (en número y fuerza) surgían políticas educativas, métodos de enseñanza y proyectos civiles que instaban a abandonar el castigo físico y a recurrir a la razón en su lugar.

Todo esto no está mal, pero hay edades para todo. Me refiero a que no se puede debatir un problema ético con un niño de kinder. Hay un bien y un mal, un sí y un no. Si un niño puede entender que hizo algo mal, se le aplica una sanción y listo, pero si es obvio para el adulto que es una conducta recurrente o que el niño no entiende o no entenderá lo que hizo, una nalgada o manotazo ahorrará muchos problemas en el futuro.

Hace 20 años noté una tendencia a una menor falta de respeto a las autoridades. Cada vez más marcada y notoria en las generaciones que, tras de mi, llegaban a la adolescencia. Cada vez más, el llamado a la tolerancia de ciertas conductas (algo así como el “estilo montessori”, que para muchos de nosotros es sinónimo de dejar que el niño haga lo que se le antoje, auqnue quizás no sea así del todo). Cada vez menos castigos físicos.

Ahora, no es la ausencia de castigos físicos sino el establecer límites y castigos. Desafortunadamente no es posible establecer una enseñanza durante cierta época en nuestra vida sin un cierto castigo físico pero la idea es retroalimentar, no dañar. Según yo, la falta de esta enseñanza, perdida por malinterpretar la forma en que la retroalimentación debe darse,  es parte de una descomposición social que nos ha llevado a como estamos actualmente. Algo que a mi parecer quedó muy bien retratado en el episodio de “Los Simpsons”, “Bart’s inner child“.

El ser humano es el único que posee un lenguaje con representación escrita y es por medio de esto que perpretramos nuestro conocimiento y lo transmitimos. No conocemos a otra especie que haya hecho lo mismo, y por mucho tiempo pensamos incluso que la idea del lenguaje hablado era algo exclusivo de la raza humana. Sin embargo, hoy se acepta que otros animales, incluso insectos, poseen algo que puede entenderse como un lenguaje, ya sea por medios químicos, visuales o sonoros concedemos que algunas otras formas de vida terrestre poseen una cierta capacidad de comunicación.

Quienes han tenido mascotas que han tenido descendencia habrán notado como (generalemente) la madre enseña a sus cachorros ciertas pautas de comportamiento. Las aves son famosas por las diversas cantidades de sonidos que emiten y parecen reconocer. Los delfines y ballenas igual. Se dice que los gatos son capaces de desarrollar un vocabulario de unos 100 sonidos, contra una treintena de los perros. Como sea, los animales recurren a estos sonidos, mas que a acciones física para transmitir una pauta de comportamiento. Pero “esos son animales”, dirán, “los seres humanos son seres humanos y no es lo mismo.”

Existen dos puntos interesantes aquí. Por una parte, los seres humanos tendemos a antropomorfizar muchas cosas, entre ellas objetos que exhiben un cierto nivel de automatización, situaciones (e.g. hablamos de la vida como una entidad consciente) y animales (que al final calificamos como racionales). Por otra, tendemos a calificar con un elevado nivel de superioridad a toda nuestra especie, incluso desde temprana edad.

No es extraño ver a gente que le da un mismo nivel de entendimiento a su mascota, especialmente canina, que la de un humano. Pero, salvo casos excepcionales (y limitados), comportamientos de elevado racionamiento y comprensión ética no se han visto en animales. Resulta ridículo esperar que únicamente mediante palabras , un perro entienda y aprenda algo. Comportamiento de naturaleza física (aseo, alimentación, conducta en el exterior) y limitadamente intelectual (aritmética por ejemplo) se logra principalmente mediante castigos (generalmente físicos y que van de tonos de habla duros, hasta el castigo físico con algún golpe o apretar una cadena de castigo; pero es algo inmediato para lograr efectos en el corto plazo; quizás privar de alimento a un animal pueda surtir efecto también, pero el que el animal asocie el castigo con aquello que lo produce seguramente tomaría mucho tiempo).

En lo que respecta a nuestra especie, desde que nacemos se nos considera superiores a cualquier forma de vida, aunque sabemos que las posibilidades de sobrevivir en un entorno hostil son mucho  menos a las de muchos animales.

Muchos, al referirse a bebes y niños, hablan de ellos como “angelitos sin mácula”. Seres que son ternura y bondad que se mancharán de aquellos vicios y malas conductas que los mayores manifestamos. Yo sin embargo difiero.

Un bebé, ciertamente puede sólo manifestar una conducta que vemos como “inocente” porque un bebé no hace mucho más que comer y dormir. Conforme empieza a crecer, darse cuenta de su entorno y capacidad de movimiento, empieza a desarrollar actitudes posesivas impulsado por su curiosidad y sentido de supervivencia. Nada antinatural en todo esto. Sabemos de la competencia entre crías de animales que hace sobrevivir al más apto y fuerte (parte de la selección natural descrita por Darwin). Los mismo ocurriría entre los humanos, de no ser porque buscamos transmitir a los nuevos integrantes de nuestra especie valores que consideramos definen nuestra humanidad por raciocionio y no por conductas naturales. Buscamos enseñara nuestros hijos a compartir, a cuidarnos los unos a los otros, a ayudarnos y a seguir los criterios y lineamientos que consideramos perpetuan estos principios

Así, en la busqueda de métodos de cómo hacer entender e inculcar a las nuevas generaciones estos comportamientos recurrimos a reprimir aquello contrario. La forma más simple (y efectiva) es el castigo físico. Desafortunadamente, hay muchos miembros de nuestra especie que confunden castigar con dañar, muchos se dejan llevar por el poder que conlleva el rol de mentor y terminan causando más daño que bien.

La sociedad también a aumentado su necesidad de ver daño y violencia en el entretenimeinto, pero mientras esto evoluciona, conductualmente nos preprimimos a aplicar un castigo físico y buscamos dialogar y hacer entender un comportamiento que requiere una cierta disciplana ya adoptada y capacidad de razonamiento dquirida parea poder entender la sanción. Cosa que un niño no adquirirá hasta cierta edad.

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