De fatigas y otros cansancios

Richard L. Meier, un planificador urbano que murió en 2007, escribió estas palabras en un libro titulado “Teoría de la Comunicación del Crecimiento Urbano“, publicado en 1962:

La estimación cuantitativa del valor de la información de los mensajes transmitidos en los diversos canales de comunicación y la identificación de la capacidad humana para el manejo de la información por técnicas experimentales, sugieren que problemas de saturación generalizada en flujos de comunicación pueden surgir dentro del siguiente medio siglo.

En esta obra, Meier acuñó también el término “sobrecarga de información“. Quienes han volteado a ver esta obra señalan que más de medio siglo después, su término se ha convertido mas en un cliché dado que desde hace más de un par de décadas la gran mayoría de la población mundial sufre precisamente de una “sobrecarga de información” pero ha pasado el punto en el que esto se ve más como una condición o rasgo de nuestro entorno que un problema. Personalmente, yo me percaté (sin encontrar una solución adecuada) de esto cuando fui incapaz de atender y procesar lo que recibía por correo electrónico, correo físico, y publicaciones a las que estaba subscrito, convirtiéndome en un acumulador de todo ello. De eso ya varias décadas atrás.

Algunos dicen que hemos ido más allá de la mera sobrecarga, hasta el punto de revolcarnos en una contaminación de medios informativos. Y no creo que estén equivocados, la contaminación de nuestra cultura y nuestra vida a la exposición de un excesivo conjunto de datos es una realidad. Así, algunas personas han respondido con un “ambientalismo informativo“, un movimiento que busca reducir la contaminación por información y sus efectos en las personas. Desafortunadamente no todos nosotros, sabemos cómo empezar a convertirnos en un “ecologista de la información”… ni tenemos las ganas para ello.

La mayoría de la gente simplemente se cansa y experimenta un “síndrome de fatiga por información” (IFS, por sus siglas en inglés), algo que se describe como “el cansancio y el estrés que resulta de tener que lidiar con excesivas cantidades de datos (y de aquí información)”, se describe también como una “parálisis de la capacidad de análisis, que ante las búsquedas constantes de datos e información, aumentan la ansiedad y el insomnio, y la duda en la toma de decisiones.”

Además de la vigilia constante por conocer aquello que empleamos en nuestras actividades cotidianas (correo electrónico, mensajería instantánea, teléfonos, publicaciones, radio, TV, prensa, blogs, redes sociales), la sobrecarga y  la ansiedad por sobrellevarla nos lleva a un cansancio mental y estrés, a lo que debemos sumar la necesidad de entender las opciones, funciones y características de productos y servicios que usamos o deseamos adquirir. ¿La consecuencia inevitable? La tendencia en el aumento de la complejidad gracias a la adición constante de nuevos features, nuevos productos, publicidad y la carrera por tratar de sobresalir en el mercado, junto con la búsqueda de una integración de lo que ya se tiene so pretexto de simplificar nuestra sobrecarga de información detectada. Hablando de lo social, podemos incluso hablar del agotamiento exclusivamente causado por la creación y el mantenimiento de un número excesivo de cuentas en MySpace, Facebook, LinkedIn, Twitter, Instagram, Pinterest, y otros sitios similares.

Algunos de nosotros anhelamos positivamente los datos para aprender, otros por tratar de sobresalir y llamar la atención, otros por ver un mercado, otros por el poder que la información (y su control) conlleva. Así, todos se convierten en “informadores extremos”, como individuos  que tratan de tomar, acumular o publicar tanta información como sea posible. Estos son los “infohoarders“, la versión digital de aquellas personas que sufren de silogomanía (de la palabra griega sylloge, que significa “un acumulador”): el acaparamiento patológico de objetos ya desechables.

En el terreno digital, sin embargo, no es que alguien con este tipo de comportamiento considere a los datos que acumulan como algo de desecho, basura, ni mucho menos. Se trata de personas que crean de bibliotecas de miles de canciones, personas con cientos de horas de programas de televisión grabados, gente con infinidad de eventos propios y de familiares grabadas en su cámara, disco duro o celular, personas con miles de fotos digitales, usuarios con más cuentas de correo electrónico, mensajería instantánea y redes sociales de lo que humanamente posible es poder atenderlas, leerlas y verlas, así como todo lo anteriormente mencionado

Estas son personas con las que nunca se borra nada, que piensan algún día necesitar lo que han acumulado y que tendrán tiempo para poder asimilarlo (verlo, escucharlo, leerlo). Muchos probablemente tienen alguna forma de disposofobia, el miedo a tirar cosas. El infohoarding a menudo va de la mano con el “completismo”, la reunión obsesiva de objetos coleccionables (grabaciones de un músico, juguetes, estampas, programas de televisión).

Está claro que el futuro traerá más información, no menos. Estamos viendo la realización digital y cultural de Ley de los Datos de Parkinson, para la que su formulación es “los datos se expanden hasta llenar el espacio disponible para el almacenamiento.” Por desgracia, con  unidades de disco duro con capacidades medidas en terabytes a punto de convertirse en objetos comunes, el círculo vicioso de saber que se tiene espacio de almacenamiento adicional que puede ser ocupado con datos que terminaremos por no ocupar nunca, parece que no tendrá un fin próximo.

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