Desinstalando aplicaciones de Mac (4)

Había iniciado esta serie de entradas desde hace tiempo esperando anotar algo útil pero se me han ido en distintas cavilaciones. Hace poco escribí sobre la desinstalación de un  programa que terminó cansándome y así decidí retomar este tema.

Lo cierto es que no hay una receta universal sobre cómo desinstalar software; toda dependencia inicia en la propia organización del sistema operativo y luego se complica de acuerdo con las buenas o malas prácticas que se tengan. Todo esto lleva a la degradación del performance del equipo al final.

En Windows por ejemplo, se requiere de un “instalador” que se encargue de apropiadamente colocar cuanto archivo de configuración y demás componentes traiga el software a instalar, de registrar rutas  (aparentemente arbitrarias… o quizás no tanto, algunas son preestablecidas y otras pueden llegar a ser seleccionadas por el usuario; algunas son ya conocidas, un standard de facto o dictadas por el sistema operativo aunque ciertamente podemos indicar hay más excepciones que una regularidad, y así la necesidad de tener una cierta automatización) y hacer que el “sistema operativo sepa” hay algo que se le instaló para poder llevar el adecuado control y labores de mantenimiento. Como manualmente resulta demasiado complicado esto, lo usual en Windows es hacer uso de un instalador. Así, al momento de desinstalar, es común recurrir al instalador para que éste deshaga lo que que ha hecho (aunque no hay garantías de que realmente haga una limpieza).

Unix, por su parte, cuenta con los lineamiento del Filesystem Hierarchy Standard que especifica qué cosa va en cuál ruta. Hay una disciplina y organización que ayudan a mantener lo que se instala y usa, de manera centralizada o ubicada (cuestión de enfoques). Claro, las distintas variantes que existen introducen las consideraciones propias del caso y así, llegan a haber diferencias, complicaciones y dudas sobre la completa desinstalación de alguna aplicación.

macOS (y sus antecesores) son un caso intermedio. Parten de un enfoque monolítico, buscando instalar todo en /Applications pero la necesidad de mantener separadas (y privadas) configuraciones, preferencias, datos y todo cuanto el usuario y aplicación generen durante su uso obligan a tener cosas en otras partes y (conceptualmente) en distintos niveles (por ejemplo, configuraciones a nivel de usuario, de grupo de usuarios, de la aplicación y del sistema operativo).

Como podrá entenderse, al final es inevitable (trátese del sistema operativo que sea), que una aplicación deje cosas por varios lugares. Así, al final no hay más que hacer uso de un desintalador también, buscando no dejar archivos huérfanos durante la remoción de algún programa, que solamente están ocupando espacio.

En fin, después de probar y revisar varios desinstaladores para macOS, me ha terminado gustando AppCleaner (que es gratuita).

El punto aquí, de acuerdo con lo que he anotado, es que uno no puede fiarse enteramente de los desinstaladores tampoco. Así que, lo que creo puede ser una buena combinación, es el primero hacer que la utilería de remoción haga una identificación de componentes y, antes de proceder con su eliminación, si se cuenta con un script de desinstalación o desinstalador, hacer que éste trabaje.

Una vez que el desinstalador haya terminado se procede a hacer que el removedor borre cuando encontró y así puede tenerse una segunda acción para minimizar el que se dejen cosas atrás.

 

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